En el transcurso de la historia de la humanidad las civilizaciones y el mundo se han visto sumidos en ciclos, en periodos con situaciones, efectos y soluciones diferentes en la mayor parte de los casos. Siempre ha existido en cada época una nación, una cultura que se ha impuesto al resto condicionando al mundo conocido de cada época a su costumbre y deseo. Roma dominó el planeta y conquistó casi la totalidad de occidente, en el imperio español nunca se ponía el sol. Con posterioridad llegó el imperio británico con su dominio naval absoluto, Napoleón y la nueva Francia Republicana, y así otros tantos que con anterioridad o posterioridad han liderado los años del devenir del planeta azul en que vivimos. Sin embargo los hechos que están acaeciendo en los últimos años me hacen pensar que aunque la mayoría de nosotros no recordamos un cambio de nación “dominante”, mucho me pesa que podríamos presenciarlo en muy poco tiempo. EE.UU versus China.
Ante toda esta marabunta de nuevas tendencias que nos trae la vida cada día, con un mundo que ya no puede ser concebido sin ser global y en el que miles de culturas lejanas y distintas totalmente a la nuestra comienzan a sernos familiares el exceso de información está a la orden del día. Hace unos meses estuvo en Sevilla en un ciclo de Conferencias el primer español que instaló su negocio en China en la década de los setenta. Tras una alocución totalmente impresionante en la que sólo con los números del gigante asiático podíamos soñar que es otro planeta hubo algo que me llamó la atención bastante: “Los Chinos no tienen Dios, se rigen por creencias basadas en la doctrina de Confucio y Lao Tsé”, Confucionismo y Taoísmo. He de confesar que no las conocía. Del mismo modo que la España de mitad del siglo XX no conocía los coros de góspel de las iglesias protestantes del sur de EE.UU, o incluso lo mismo que no se comprendían los primeros cristianos en la Roma anterior a Constantino.
Por ello ahora que tenemos la posibilidad de saber en todo lo que cree el hombre gracias a la información de la era global es el mejor momento para reafirmarnos en la Doctrina de Nuestro Señor Jesucristo. Ahora es el momento de hacer verdadero su Misterio y ahora es cuando nosotros los católicos debemos tanto defender los nuestro como proclamarlo a los cuatro vientos. Qué mejor momento de empezar que en estos cuarenta días que se acercan raudos previos a su Pasión. Hagamos pues una estación de penitencia global de nuestro espíritu, acerquémonos a Dios nuestro Señor y a su Madre María Santísima en esas horas de intimidad de las que vamos a disfrutar próximo día de salida.
No puedo decirte que los chinos, los musulmanes, protestantes o judíos estén equivocados pero sí puedo asegurarte desde esta tribuna digital en la que abro mi alma a ti que creo en Dios Todopoderoso sobre todas la cosas y así lo seguiré haciendo con sus fuerzas, las vuestras y la mías por donde quiera que vaya. Dejando siempre una historia: La Historia de Publio.